Carta a la Scaloneta
De una madre feminista de varón
Hola comadres! Escribo estas palabras más bien como un desahogo, como una realización después de una sesión de terapia movida, donde pude ver cómo los absolutos a veces solo me conducen a ser víctima de mí misma. Esto no solo impacta en cómo vivo mis vínculos, mi laburo, mis decisiones, sino cómo siento la coyuntura. Siempre decimos que lo personal es político y suena a eslogan, bueno, acá vemos que no.
Tengo poco interés en sobrevivir al archivo. Si hay algo que me define es la contradicción, la curiosidad extrema y ser una eterna estudiante.
Los años han ido sumando humildad al tema, así que estas palabras parten de ahí, de no tenerle tanto miedo a la equivocación y de ser cada vez menos binaria.
Hace casi 40 días, cuando estaba por empezar el Mundial, yo, como muchas mujeres (feministas) de mi país, estaba “molesta” con la Scaloneta. Molesta porque dos figuras centrales se sacaron una foto con Trump, enojada porque frente a injusticias argentinas o internacionales no abrieron la boca, dolida porque convocaron a varios jugadores que tienen denuncias y hasta procesos abiertos de violencia sexual, indignada porque son la cara visible de campañas de comida chatarra y de apuestas….
No es mi intención justificar que por estos días ando fascinada con el equipo, quiero tratar de ser piadosa con esta necesidad de sentirme feliz por mi país que hace tiempo no sentía. ¿Acaso me olvido de todo eso que me enoja? No. Jamás. Sobre todo en lo que refiere a la violencia. Pero la campaña antiargentina de la que fui testigo me llevó a ver como muchos espacios, diarios y medios que consumo otorgándoles absoluta seriedad, fueron víctimas o propulsores de un odio basado en puro algoritmo y sospecha. Eso me llevó a pensar cuantas cosas doy por saldadas en este afán de definirnos y posicionarnos como estandarte de activismo político. ¿Acaso de repente todo me da igual? Lo dudo, ya nací intensa y justiciera, lo relajado jamás será lo mío.
Pero me invitó a profundizar mi capacidad de habitar grises, y a cuestionar sesgos arraigados, muchas veces fomentados por esta era donde no existen los centros, de la que también soy parte. Y con ese velo que se corre, mucha creencia y mandato empiezan a caer.
Soy mamá de un varón. Un niño promedio argentino, al que le gusta el fútbol, la pelota, patear penales y que ve en esta Selección a una suerte de superhéroes. Y acá viene otro punto de giro que quebró mi enojo en el proceso: estos superhéroes son humanos.
Muchos son varones que lloran, que hablan de salud mental, que se muestran cariñosos con otros varones, que destacan el rol del equipo y lo colectivo por sobre lo individual, que le bajan el tono a la violencia, que no arengan grietas, que celebran con sus hijos, agradecen a sus madres, se apoyan en sus esposas, hacen terapia de pareja, hablan de sacrificio, de laburo, de tiempo, de paciencia, de resiliencia, de intentar, de fracasar, de volver a intentar, de no darse por vencidos.
¿Son la cara de una marca de apuestas? Sí.
¿Es eso uno de los mayores problemas de nuestra juventud? Sí.
¿Pero acaso eso borra todo lo que hacen por romper otros mandatos arraigados? No.
Anteayer fue el partido contra Inglaterra y los jugadores desplegaron una bandera de las Malvinas hecha por los hinchas, a pesar de una prohibición y potencial sanción de la FIFA, un gesto inmenso. Pum, crash, terminaron de conquistar mi corazón.
¿Y saben qué? Se siente estupendo. A veces creo que estamos tan acéfalos de representantes que nos den orgullo que, cuando encontramos alguno que nos gusta, le exigimos todo.
Por supuesto que un espacio de visibilidad viene con responsabilidad. ¿Pero es acaso esa responsabilidad la de hacer TODO bien y enarbolarse en todas las causas que a cada unx de nosotrxs nos parecen importantes? ¿O podemos querer a alguien simplemente por el hecho de hacernos sentir felices en un suelo donde vivir cuesta?
Tengo una milanesa tatuada en el pecho y un dulce de leche en el corazón, pero ser argentina me cuesta. Me cuesta pasión, vida, tiempo, lucha, resistencia, ingenio, sangre. Y ni te cuento si no tenés todos estos privilegios que tengo yo. Entonces, de golpe, me pongo a pensar: ¿a quién le exigimos qué cosas?
¿Cómo derramamos ese nacionalismo y compromiso que nos trae el Mundial en lo cotidiano?
Ya vendrán las sibaritas del feminismo a decirme que no cumplo con la ISO9000 del movimiento. Y capaz que no cumplo. Capaz que tampoco me interesa a mí ser faro o medida de nada. Capaz soy una argentina, mamá de varón, feminista, con sus contradicciones, que separa la obra del artista y aprovecha los 45 días de jolgorio en medio de meses con prisa y sin pausa de resistir por un mundo mejor.
En fin, Scaloneta, jamás leerás esto. Pero esta es mi declaración de gratitud, más allá de lo que pase el domingo en esta final. Para mi ya ganaron, y a riesgo de sonar como Margarita Stolbizer, se los agradezco con el corazón.
Lo que tenemos para vos esta semana
ÚLTIMO EPISODIO - OVODONACIÓN Y MÉTODO ROPA
¿Sos biológicamente madre si el óvulo no era tuyo? Hablamos con Pamela Visciarelli sobre donar sus óvulos para que su pareja gestara, con la ginecóloga Micaela Lemme sobre lo que dice la ciencia de la epigenetica, y con la abogada Paula Castro sobre el marco legal en Argentina. Un episodio para pensar la maternidad más allá del ADN, con orgullo.
SUBRAYADAS — CLUB DE LECTURA
Ya podés inscribirte al próximo libro: La segunda venida de Hilda Bustamante, de Salomé Esper. Encuentro el 13 de agosto por Google Meet, con dossier previo (”La mesa de noche”) y comunidad de WhatsApp. Inscripción cierra el 1° de agosto. Si sos de La Tribu, tenés 40% off.
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Gracias por estar del otro lado.
Abrazo de gol,
Vicky.









No tengo ningún título para hacerlo, pero te apruebo la ISO, porque si, porque es necesaria la contradicción, la alegría y la trinchera.
Abrazo de gol, vic.